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La nueva poesía del espionaje

Antes sabían lo que buscaban y necesitaban medidas excepcionales para violar la privacidad. Hoy, la cibervigilancia ha convertido la intimidad en un conjunto de datos que facilitan nuestras prótesis electrónicas

Ernesto Hernández Busto, El País, 14 de agosto, 2013

En un ensayo sobre el discípulo de Ezra Pound y oscuro funcionario de la CIA James Jesus Angleton, Eliot Weinberger, tras notar la curiosa tendencia norteamericana a reclutar espías entre aspirantes a poeta graduados de las facultades de Inglés en las universidades de la Ivy League, nos regala la idea de un libro todavía no escrito sobre “poesía y espionaje”. “Un espía”, dice, “debe averiguar dónde está la mejor información, hacerse de ella sin que lo descubran y lograr transmitirla”. Desde Chaucer hasta Basil Bunting, al menos, los bardos han tenido facilidad para esas tareas, tal vez porque, como pensaba Angleton, un poeta es alguien con sensibilidad especial para la ambigüedad y los sentidos ocultos, casi siempre convencido, además, de servir a unos grandes poderes demasiado imprecisos.

He recordado estos días el sugerente ensayo de Weinberger a propósito del caso Snowden. Resulta bastante obvio que en los últimos años el debate sobre el “uso liberador” de las nuevas tecnologías ha dejado lugar a otro sobre el uso gubernamental de la cibervigilancia y los límites de lo privado en la era digital. Y junto a ese desplazamiento de nuestro interés, empieza a filtrarse un nuevo tipo de cinismo: aquel que acepta la decadencia de la privacidad como algo inevitable, el precio a pagar en esta época de nuevos retos a la seguridad y amenazas globales.

Después de Edward Snowden, y sea cual sea el juicio que su actitud nos merezca, tenemos ya evidencias de un pacto inaceptable entre poderes públicos y compañías privadas, una peligrosa componenda entre los Gobiernos democráticos y las principales empresas tecnológicas a las que llevamos años usando como mediadoras de nuestra intimidad. Pero tal vez no nos damos cuenta de hasta qué punto el funcionamiento de esta nueva entente, bajo nombres tan poco imaginativos como PRISM o UPSTREAM, representa la mutilación de algunos criterios fundamentales que en el pasado sirvieron para afirmar al individuo frente a la doble lógica del mercado o el Estado.

Tras el escándalo suscitado por las declaraciones de Snowden, el analista Evgeni Morozov dejó caer un tuit tan socarrón como revelador: “Estoy espantado de que la Administración de Obama no esté haciendo ningún esfuerzo para que los datos de la NSA sean compatibles con elopen government”. El azote de la política norteamericana con respecto a Internet y las nuevas tecnologías se burlaba de una evidente contradicción entre las dos grandes pasiones del Gobierno demócrata: por una parte, la confianza casi ilimitada en las nuevas herramientas y su capacidad para facilitar políticas públicas más transparentes; por otra, el papel de implacable censor de información que esa misma Administración ha jugado en los casos de Wikileaks y Snowden.

En lo que tal vez sea su mejor ensayo hasta el momento, The price of hypocresy, Morozov analizaba hace poco la nueva economía política del “consumismo de información”, una suerte de tendencia contemporánea que unifica la lógica de mercado con el adocenado optimismo presente a todos los niveles gubernamentales de nuestra época: Big Data ha terminado siendo la manera en que el mercado negocia con la información al margen de cualquier consideración moral, y esto también tiene su traducción política. Con la excusa de garantizar nuestra seguridad, el Estado adopta los métodos más sofisticados de una nueva lógica de mercado donde la información personal es una mercancía más. Ambas instancias están dotadas con tecnología punta y mientras el primero tiene la capacidad casi ilimitada de espiarnos, la segunda trata de seducirnos con una amplia variedad de gadgets concebidos para recopilar información a todos los niveles y proponernos constantemente una nueva idea de nosotros mismos. Una idea reduccionista de nosotros que ni nosotros mismos imaginamos.

El ensayo de Morozov venía precedido de un par de fotos elocuentes del general Keith Alexander, director de la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU: una con uniforme de gala, y otra, durante Defcon 2012, un encuentro de hackers, vistiendo una camiseta de la Electronic Frontier Foundation. Los nuevos espías no se reclutan ya, al parecer, entre aspirantes a poeta, sino entre jóvenes apasionados por las nuevas tecnologías.

La figura misma del espía parece haber sido sustituida por la del “analista” o selector. Se da menos importancia a localizar la mejor información o interpretar las acciones de un sospechoso sin hacerse notar, que a hacer acopio y decantar a distancia una inmensa cantidad de datos y metadatos cotidianos, limitando el riesgo y los rejuegos de ambigüedad que caracterizaron al espionaje en los siglos precedentes. El nuevo espía ya no tiene mucho que ver con un atento lector de poesía, sensible a las sutilezas del lenguaje, o con un estudioso del New Criticism, familiarizado con los “siete tipos de ambigüedad” definidos por William Empson, sino que es más bien el encargado de hacer un retrato robot del sospechoso utilizando la mayor cantidad de metadatos que pueda conseguir.

Algunos liberales de la vieja escuela han acusado a Obama y su Gobierno de incurrir en los mismos pecados que Nixon. Se equivocan: la realidad es bastante peor. En la época de Watergate, los espías sabían exactamente lo que buscaban, y la violación gubernamental de la privacidad operaba desde la antigua noción de medidas excepcionales para casos extraordinarios, al margen del statu quo. Con esa legislación, los culpables directos e indirectos de la intrusión podían ser enjuiciados. Todo eso ahora pertenece al pasado.

Cuando en 1978 Susan Sontag incluyó la nota titulada Debriefing, en su novela, Yo, etcétera (“Aprender que el Gobierno, usando información que por ley requiere ser grabada y almacenada indefinidamente en bancos, la compañía telefónica, las líneas aéreas, las compañías de crédito —pueden saber ahora más de mí (de mi vida social, en cualquier caso) de lo que sé yo misma”) seguramente no podía imaginar que cuatro décadas después disculparíamos esas intrusiones como algo obvio, casi banal.

Fue un espectáculo lamentable oír al presidente Obama decir que la información sobre llamadas telefónicas recopilada por la NSA era “solo metadatos” y “no incluía el contenido” de ninguna llamada. El uso indiscriminado del espionaje a partir de una ingente cantidad de esos llamados metadatos no solo resulta más invasivo que cualquier otro método de vigilancia, sino que reduce notablemente la idea misma de lo privado, recreándola para uso policial.

Es como si, para seguir con la metáfora que hemos usado antes, un poeta pretendiera hacer poesía ya no con las palabras cotidianas, elegidas y colocadas en cierto orden para crear determinados efectos y connotaciones, sino que prefiriese un conjunto heteróclito de signos literales y forzara con ellos una búsqueda semántica de la misma manera que proceden los nuevos algoritmos de Google: a partir de un proceso, más o menos complejo, de desambiguación. El resultado, sin embargo, no garantiza la precisión prometida por los defensores de estos métodos, como tampoco las nuevas búsquedas semánticas garantizan un mejor procesamiento conceptual de la información humana. Con respecto al funcionamiento democrático, hay un peligro fundamental en ese punto en que el Gobierno, como decía Sontag, sabe más de uno que lo que puede recordar uno mismo.

Se trata menos de la nostalgia por aquellos espías de la era de Kim Philby y el Círculo de Cambridge, como de una queja sobre los presupuestos a los que el Estado ha reducido la idea de intimidad, y la banalización definitiva de la manera en que nos vemos a nosotros mismos. Para los nuevos espías, como para esas compañías que se ocupan de recopilar cada día nuestras huellas en la Red y ofrecernos una monótona carta de sugerencias precocinadas, la intimidad, lo privado, es un conjunto manipulable de datos obtenidos a través de nuestras prótesis electrónicas. Ese es el verdadero peligro de aceptar como inevitable una vigilancia rutinaria, que llegará el momento en que a fuerza de creernos poco interesantes acabemos por serlo.

Ernesto Hernández Busto es ensayista (premio Casa de América 2004). Desde 2006 edita el blog de asuntos cubanos PenultimosDias.com.

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