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Correo basura-espía del Estado

22 febrero 2013

SÜDDEUTSCHE ZEITUNG MUNICH

Martin Münch pasa por ser el alemán más malo de la red, pues proporciona programas informáticos de vigilancia a la policía y a los servicios secretos. Programas que utilizan también dictadores para “espiar” a sus ciudadanos.

En la película Mulan de Disney, todo es verdaderamente simple. La heroína lucha contra los hunos en el ejército chino, junto a aguerridos hombres. La película representa a los adversarios de Mulan como criaturas de la sombra, sin rostro. El bien contra el mal, un clásico.

Martin Münch vive en una película de Disney. Sabe quiénes son los malos. Y sabe que él pertenece a los buenos. Únicamente hay un problema, el resto no lo sabe. Para ellos, Martin Münch se encuentra en el bando de los malos de la primavera árabe, del lado de los opresores. Los defensores de los derechos humanos le acusan de proporcionar de manera intencionada, o bien irreflexiva, programas informáticos de vigilancia a los dictadores.

Martin Münch, de 31 años, pone a punto programas informáticos para espiar ordenadores y teléfonos móviles. Estos programas infectan la memoria digital y hurgan en la ciber-privacidad de las víctimas. Gracias a ellos, la policía y los servicios secretos pueden saber, por ejemplo, qué síntomas padece un individuo “espiado” simplemente revisando las consultas que hace en Google. El caballo de Troya que permite esto se llama Finfisher. Se denomina “caballos de Troya” a estos programa porque están escondidos en ficheros que aparentemente son inofensivos.

El virus infecta la memoria digital

Martin Münch está orgulloso de su producto. Por primera vez se lo ha mostrado a periodistas alemanes. En las puertas de cristal de su oficina de Múnich luce el nombre de su empresa: Gamma Group.

Martin Münch acude allí para describir sus “juguetes” tecnológicos. Puede que los llame así porque es autodidacta. No tiene ninguna formación especializada y no ha estudiado informática, simplemente ha hecho un año y medio de piano-jazz y de guitarra.

Para los investigadores, Martin Münch se parece un poco a Mushu, el pequeño dragón tranquilo que asiste a Mulan en el combate. Martin Münch tiene una sociedad por medio de la cual posee el 15% de Gamma International GmbH. Ha bautizado su sociedad como Mushun, por el nombre del dragón de la película. Simplemente ha añadido una “n” al final, confiesa con una risa nerviosa. También es el director general de Gamma.

El producto estrella de Gamma pertenece a la gama Finfisher y se llama Finspy. Martin Münch se inclina sobre su ordenador portátil Apple y nos muestra lo que puede hacer su programa. Para empezar, el usuario elige el sistema que desea atacar: ¿se trata de un iPhone de Apple, de un smartphone equipado con el sistema operativo de Google, Android, de un PC? ¿Funciona con Windows, con el sistema operativo gratuito Linux?

Ataques dignos de películas de acción

El investigador puede introducir el número de servidores por los que el caballo de Troya operará para que incluso víctimas con conocimientos de informática sean incapaces de saber que les están vigilando.

Después, el investigador selecciona la virulencia del caballo de Troya, es decir, qué es lo que puede hacer: servirse de un micrófono como chivato; consultar los datos grabados y almacenarlos antes de que se borren o modifiquen; leer lo que el usuario está escribiendo; grabar las conversaciones por Skype; encender la cámara web del ordenador y poder ver dónde está situado el material; utilizar la función de localización por GPS de un smartphone como emisor… La mayoría de las funciones de Finspy son ilegales en Alemania.

Y Finspy no es un regalo. Puede costar desde alrededor de 150.000 euros de media, hasta alcanzar incluso una cantidad de siete cifras, confiesa Martin Münch. Porque Gamma concibe para cada uno de sus clientes una versión personalizada del caballo de Troya, que debe respetar la legislación del país en cuestión. “Su objetivo son los transgresores aislados”. Martin Münch no habla de “presuntos transgresores”, emplea los términos “delincuentes” y “transgresores” como si fuesen sinónimos de “sospechosos” y de “personas vigiladas”.

Barhéin usa su programa

Alaa Shehabi es una de esas personas sometidas a vigilancia. Su error: haber criticado al Gobierno de su país. La joven nació en Bahréin, un Estado insular del golfo Pérsico. Una monarquía, y un Estado policial. El suní Hamad Ben Issa al-Khalifa reina sobre una población mayoritariamente chií. Cuando la primavera árabe llegó a su país hace dos años, Alaa Shehabi se unió a miles de personas que exigían reformas. El rey pidió al ejército saudí que acudiese en su ayuda. Fotos y vídeos colgados en Internet muestran los ojos abrasados por el gas lacrimógeno y miembros lacerados por duras palizas.

Los organizadores del premio de Fórmula 1 no tuvieron ningún reparo y enviaron las invitaciones para el Gran Premio de Manama. La oposición intentó contar la verdad a algunos periodistas que acudieron a cubrir el evento. E incluso Alaa Shehabi, que disimula sus cabellos morenos tras un velo, se reunió con periodistas. Ella habló de la violencia policial, de heridos y de muertos. Rompió un tabú.

Alaa Shehabi se mostraba prudente, miraba si le estaban vigilando, e incluso apagó su teléfono móvil durante la entrevista. Sin embargo, la policía la visitó poco después. Los policías no la detuvieron, pero recibió un primer correo electrónico titulado “informe de tortura a Nabeel Rajab”. En una archivo adjunto se enviaban fotos que supuestamente contenían el maltrato al que había sido sometido Nabeel Rajab. Nabeel es un amigo de Alaa, un opositor como ella. Alaa trató de abrir el fichero, pero no lo consiguió. Tanto mejor para ella, porque el archivo adjunto en cuestión escondía un caballo de Troya de la empresa Gamma. El Estado policial de Bahréin tenía a Alaa en el punto de mira y empleó el programa de Martin Münch para controlarla.

Una actividad bajo secreto

¿Son programas informáticos espías al servicio de un Estado policial? Ante esta acusación, Gamma tuvo una reacción rara. Martin Münch envió un comunicado de prensa en el que explicaba que se había sustraído una versión de prueba destinada a sus clientes. Ni una palabra sobre Bahréin. Martin Münch no revela la identidad de los clientes de Gamma. No reconoce tampoco si alguien no es cliente. Toda su actividad se desarrolla bajo secreto. La sociedad debe conformarse con la queja oficial presentada ante el Ministerio de Economía alemán por miembros de Reporteros sin fronteras y los defensores de los derechos humanos, que exigen un endurecimiento de los controles sobre los destinatarios de los productos de Gamma y mencionan las recomendaciones, alguna facultativas, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

A la mínima ocasión que se presenta, Martin Münch recuerda que su empresa respeta las leyes alemanas en vigor en materia de exportaciones. Incluso si los productos Finfisher se envían desde Inglaterra.

Gran Bretaña y Alemania están sujetas al mismo reglamento de la Unión Europea sobre la exportación de tecnologías de vigilancia. Según los términos de ese documento, las tecnologías de vigilancia no son armas, sino materiales que pueden utilizarse con fines tanto civiles como militares. En la jerga, se habla de productos de doble uso. Las condiciones que rigen su exportación son por tanto claramente menos severas que para la venta de vehículos blindados. A fin de cuentas, es como si Gamma recibiese de sus clientes un certificado en el que se estipula que el programa Finfisher se ha instalado bien en el destinatario, el Estado estampa su sello debajo y Gamma archiva seguido dicho certificado.

Desde la primavera árabe, Gamma ha perdido el aura de santidad. En unas oficinas estatales, los opositores egipcios descubrieron una oferta de la empresa dirigida al Gobierno que acababan de derrocar: un presupuestopara programas informáticos, material y sesiones de formación, por un importe total de 287.137 euros. Martin Münch asegura que la entrega jamás tuvo lugar.

Más transparencia

El hombre parece realmente escandalizado por la actitud de sus detractores: “Siempre nos achacan el papel de malos. No es agradable”. En concreto porque, a su juicio, no se lo merecen. “Mucha gente dice ‘eso no me parece bien, es una intromisión en la vida privada’. Pero que no les guste no quiere decir que nosotros hagamos cosas ilegales”, recalca.

Sin embargo, Martin Münch promete hoy un cambio, más transparencia, hechos concretos. Un representante de derechos humanos se sentará dentro de poco en el consejo de administración de Gamma. Un título que podría recaer en el propio Martin Münch. Tras una entrevista de muchas horas, da la impresión de que la brújula moral de Martin Münch ha perdido el Norte.

También hace falta redactar un código de conducta que excluya la exportación a países que no respeten los derechos humanos. Supuestamente Gamma está en contacto con dos organizaciones de defensa de los derechos humanos, pero no facilita los nombres de las mismas. En casos de litigio, tendrán el estatuto de consultores. Él mismo tampoco osa trazar una línea clara. Después de todo, los Estados Unidos también recurrieron a la tortura en Guantánamo, ¿son por tanto un Estado sin ley?

El escándalo, según defiende el propio Martin Münch, lo dejó literalmente estupefacto: “Los programas informáticos no torturan a nadie”. No llega a entender el clamor de protesta. “Me parece bien que la policía pueda realizar su trabajo”, defiende. Acosar a los malos. En Bahréin, son los opositores políticos.

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