Home

Tim Weiner: Enemigos, Una historia del FBI, Debate, 2012

“Los secretos son poder, y a los presidentes les encantan”

Cuando el premio Pulitzer Tim Weiner discurre sobre J. Edgar Hoover y el FBI, transmite al entrevistador la sensación de que siente en un mismo grado fascinación y odio por la organización de inteligencia americana y el que fuese su cabecilla durante más de medio siglo. Enemigos. Una historia del FBI (Debate), su último trabajo, es un minucioso ensayo que ha requerido más de tres años de escritura (y tres décadas de investigación) y que detalla en profundidad la historia la Oficina Federal de Investigación desde un prisma profundamente crítico, como crítico se muestra en las entrevistas Weiner con la que fuese una de las figuras más importantes del siglo XX americano.

Weiner, periodista de The New York Times, consiguió el National Book Award gracias a su anterior trabajo, Legado de cenizas. La historia de la CIA (Debate), y también un gran número de críticas por parte de la agencia. Ganador del Premio Pulitzer en 1988 gracias a su trabajo en The Philadelphia Inquirer denunciando los presupuestos ocultos de de la CIA y el Pentágono, Weiner nunca ha sido complaciente con el poder, y la visión que ha ofrecido de las grandes instituciones americanas nunca ha sido amable. Su próximo trabajo, si sus planes no cambian, se centrará en el ejército estadounidense, un tema en el que es especialista gracias a su experiencia internacional en países como Sudán, Afganistán o Pakistán. Mientras tanto, atiende a El Confidencial para explicar con detalle los entresijos del FBI a través de sus mejores historias, de cómo su actual director puso en jaque la presidencia de George Bush a cómo Hoover acabó con el Ku-Klux-Klan en los años sesenta

.

E.C.- Hablar del FBI es, ante todo, hablar de J. Edgar Hoover. ¿Hasta qué punto puede considerarse el proyecto personal de un hombre?

Durante 48 años, de 1924 hasta su muerte, en 1972, es justo decir que el hombre y la institución eran una misma cosa. Hoover desarrolló el FBI a partir de una organización pequeña y débil, hasta que se convirtió en una institución enorme y poderosa. En su época, a los instructores de la academia del FBI les gustaba citar al filósofo trascendentalista americano Ralph Waldo Emerson, que decía que “una institución es la sombra alargada de un hombre”. Y en este caso era cierto, y lo sigue siendo. Cuando uno camina por las calles de Nueva York, o Madrid, cada vez que hay una cámara de seguridad que nos apunta, estamos viviendo bajo la sombra de Hoover. Cada vez que pisas un aeropuerto y te toman las huellas dactilares o te fotografían el iris para conseguir datos biométricos, estamos viviendo en el mundo de Hoover. Él fue el hombre que creó el fichero de huellas dactilares. Él creó este mundo de vigilancia, en el que te pueden pinchar el teléfono, colocar micrófonos ocultos o recopilar tu información secreta.

Y aunque en otros países lleva habiendo servicios de inteligencia artificial desde hace siglos, como es el caso de los rusos, que lo han hecho desde tiempos de Pedro el Grande, o los ingleses, desde la reina Isabel I, o los chinos, que lo hacen desde hace dieciséis siglos, cuando Sun Tzu escribió El arte de la guerra, en Estados Unidos nunca habíamos tenido servicio de inteligencia hasta Hoover. La imagen pública del FBI, creada en los años treinta, con esa imagen típica de Edgar Hoover con una ametralladora, era publicidad pura. Pero el FBI real es el FBI secreto, el que ha combatido contra los anarquistas, terroristas y comunistas desde la I Guerra Mundial. Sólo se ha sabido que el FBI secreto es el real desde hace poco, después de los atentados del 11-S. Ahora sabemos cuál es su misión y cometido. Pero durante el siglo XX, poca gente sabía a qué se dedicaba realmente el FBI.

E.C.- ¿Esa cultura de la vigilancia fue un producto de Hoover, o una forma de captar el terror de su época? ¿Era un loco, o un visionario?

No creo que Hoover fuese un loco, ni un monstruo. Lo digo en la introducción del libro: fue un Maquiavelo norteamericano. Él creía que el comunismo soviético era como la gripe española, que se propagaría por el mundo después de la I Guerra Mundial, como una nube tóxica que iba a flotar sobre el Atlántico para posarse sobre Estados Unidos y acabar con su democracia. También creía que la única manera de combatirlo era mediante el espionaje, utilizando técnicas como la colocación de micrófonos ocultos, la intervención de teléfonos o los trabajos de black bag (que deben su nombre a que los maletines que los agentes llevaban con todos los artilugios para abrir cerraduras y cajas fuertes para robar documentos). A Hoover le daba igual si esto era legal o ilegal, porque su fin y su propósito eran más elevados. Además, los presidentes le dieron ese poder.

El Tribunal Supremo dictaminó al principio de la Segunda Guerra Mundial que intervenir teléfonos era ilegal. Así que Hoover fue a hablar con el presidente Roosevelt y le dijo “¿qué hago yo ahora? ¡me han quitado todo mi poder! ¿Cómo voy a combatir a los comu…, digo, a los fascistas, sin esta herramienta?”. En una decisión extraordinaria, el noble héroe Franklin Delano Roosevelt dejó por escrito que se permitiera a Hoover seguir con sus actividades de la misma manera que hasta el momento y que le dieran por ahí [Weiner hace un corte de mangas] al Tribunal Supremo.

Esto prueba tres cosas: que los presidentes valoran la información secreta que Hoover les podía dar, y por eso a todos los presidentes les gustaba Hoover. También, que es uno de los más grandes burócratas que han existido. Hoover ni organizó una rueda de prensa, ni publicó un artículo en The Washington Post: fue a ver al presidente y recibió una orden por escrito que tenía siempre en su escritorio. Cada vez que llegaba un fiscal general (en teoría superior de Hoover) y le decía que estaba rompiendo la ley, Hoover sacaba la hoja firmada por Roosevelt y decía “no”. Tuvo esa autoridad, y la tuvo por perpetuidad.

E.C.- ¿Se necesita estar fuera de la ley para poder garantizar la ley? Hoover parece una especie de cowboy, o si se prefiere, un Harry el Sucio, del siglo XX americano.

En el punto álgido de su poder, a partir de 1945, Hoover era la ley. Pocos fiscales generales del Estado, y muy pocos presidentes tuvieron el valor, el corazón o los cojones de cuestionarlo. Y si lo hacían, sabían el riesgo que corrían. Porque entonces Hoover amenazaba con renunciar. Ningún presidente lo iba a permitir, porque la dimisión de Hoover le haría perder las elecciones. Sólo dos, Truman y Kennedy, se enfrentaron a él, y también Nixon en su último año de vida. Nixon juró que echaría a Hoover, pero no lo consiguió. Hoover y Nixon rompieron después de 22 años. ¿Por qué se separaron? Porque Hoover no quería llevar a cabo el trabajo sucio de Nixon, ni intervenir teléfonos, ni colocar micrófonos. Tenía miedo de que le pillaran, lo que habría manchado la imagen de la institución y la suya propia. ¿Qué hizo Nixon? Montó su propio sistema, con exagentes del FBI y la CIA, y seis semanas después de la muerte de Hoover fueron atrapados. ¿Dónde? En el Hotel Watergate, en la sede demócrata. Y ahí cayó Nixon.

E.C.- Escuchándole, uno diría que Hoover era más poderoso que la Casa Blanca.

La información es poder. La información secreta es, por lo tanto, poder secreto. Y a los presidentes les encanta. La información secreta que sólo Hoover podía proporcionar era un poder muy grande, y hubo momentos en que efectivamente, Hoover era más poderoso que el presidente. En 1947, cuando acababa de empezar la Guerra Fría –oficialmente, porque para Hoover había comenzado con la formación del Partido Comunista americano, en 1919–, el presidente Truman enfureció a Hoover, al decir en privado que Hoover estaba al frente de la Gestapo americana. A Hoover no le gustó nada ese comentario. Fue al Congreso, en un discurso público único, y básicamente, proclamó la Guerra al Comunismo. Esencialmente, dijo que la Administración Truman no estaba comprometida con la causa, y que Hoover y sus aliados iban a tener que asumir esa labor. En ese momento, la popularidad de Truman cayó en picado, y todo el mundo dio por hecho que nunca sería reelegido en 1948. Para el horror de Hoover, Truman salió ganador. Fue la única vez en su vida que Hoover desapareció; su portavoz dijo que tenía neumonía, pero no era verdad: estaba de luto. En este momento, cuando había un presidente demócrata liberal, Hoover era más poderoso que el propio presidente.

Normalmente, pero no siempre, Hoover seguía las órdenes del presidente, ya fuesen legales o ilegales. Pero mantuvo su guerra con el presidente Kennedy y el Fiscal General, su hermano Bobby Kennedy, que en teoría era su jefe, aunque no lo fuese en la práctica. Había pocas cosas que no estuviese dispuesto a hacer para conservar y consolidar su poder, incluso enfrentarse con el presidente en lo que se refiere a sus indiscreciones sexuales, que en una de las ocasiones implicaban a una supuesta espía alemana del este. Al presidente no le gustó nada, pero no tenía valor para contradecir a Hoover.

E.C.- ¿Qué ocurre hoy en día con el FBI, ha conseguido cambiar su imagen?

El problema que existe es que si eres EE.UU. y proyectas tu poder por todo el planeta, tienes que tener un servicio de inteligencia secreto. El presidente Eisenhower lo llamó “una necesidad de mal gusto”, lo que se ajusta bastante a la verdad, porque si estás mandando soldados fuera, necesitas inteligencia secreta. Te van a espiar, te van a sabotear e incluso, te van a atacar directamente. Necesitas un servicio secreto. La pregunta del millón de dólares es la misma que atañe a la CIA: ¿cómo se puede dirigir un servicio de inteligencia en una democracia, en la que quieres libertad y seguridad al mismo tiempo, que son fuerzas contrapuestas? ¿Cómo se hace? Llevamos décadas intentando solucionar el problema.

Sólo en los últimos años, el FBI ha sido capaz de dar la respuesta correcta. El FBI lleva con nosotros desde 1908, y hasta los últimos tres años, no se ha conseguido ese equilibrio. Robert Mueller, nuestro director actual, lo ha conseguido. Llegó al cargo el 4 de septiembre de 2001, justo una semana antes de los ataques del 11 de Septiembre, y es un hombre que entiende la Constitución y la Carta de Derechos, a diferencia de sus predecesores. Y además, tenemos un presidente que también entiende la Constitución, a diferencia de su predecesor inmediato. Es muy raro que estos dos personajes coincidan en el tiempo, y creo que ahora están tratando de hacer las cosas bien.

Puedo decirte la fecha exacta en que las cosas empezaron a ir bien: el 11 de marzo de 2004, el mismo día de los atentados de Atocha. Ese día, Mueller se enfrentó al presidente Bush en el despacho Oval, y tenemos constancia de ello porque Mueller tomó notas y Bush lo ha contado. Mueller le dijo: “señor presidente, ha puesto en marcha un programa ilegal en el país, utilizando la agencia nacional de inteligencia como un servicio que opera contra ciudadanos estadounidenses, con el objetivo de espiarles en sus ordenadores y teléfonos. No puede hacer eso. Es ilegal. Es inconstitucional. Si no lo para, dimitiré”. Puedes imaginar cómo serían los titulares si eso ocurriese: “El presidente del FBI dimite y no da explicaciones”. ¿Cuál sería la siguiente pregunta en la próxima conferencia presidencial? “¿Señor presidente, qué diablos está haciendo para que el director del FBI dimita?” No hay que ser muy listo para saber que Bush no habría sido reelegido, y no sólo eso, sino que habría sido llevado a los tribunales.

El director del FBI amenazando el poder del presidente en el nombre de la Constitución: fue un hecho sin precedentes. Nunca había ocurrido antes. Y en ese momento, la balanza entre la seguridad y la libertad volvía a equilibrarse, que estaba mucho más abajo que la seguridad. Un gran peligro. Ahora sabemos, once años después de los ataques, que ningún terrorista puede acabar con los Estados Unidos. Únicamente nosotros nos podemos hacer eso a nosotros mismos.

E.C.- Así que el FBI parece estar reformado.

Fue el FBI el que tocó el silbato ante los abusos de Guantánamo, en 2002, al principio de todo aquello. Fueron allí y cuando vieron lo que estaba ocurriendo abrieron un expediente confidencial bajo el nombre de “crímenes de guerra”. Estamos hablando de cosas muy serias. Así que es algo extraordinario que el FBI se posicione ante el presidente y ante la CIA para defender la Constitución y los Derechos Civiles. El mismo FBI que había pisoteado el movimiento de los Derechos Civiles décadas antes.

Cuando el presidente Johnson se presentó a las elecciones después de la muerte de Kennedy, que recordemos que era tejano, con un gran acento sureño, quería asegurarse de ganar en los cincuenta estados. Especialmente el sur. El movimiento de los Derechos Civiles estaba en su momento álgido, como el Ku-Klux-Klan, que controlaba a través del miedo y la fuerza a la policía local, del condado y de los estados, los jueces y a muchos de los políticos del sur. El presidente Johnson pidió a Hoover, y esto está grabado, que hiciese con el Ku-Klux-Klan lo mismo que hizo con los comunistas. Pero Hoover no quería, porque él pensaba que el problema no eran los segregacionistas, sino los integracionistas.

Hoover era racista, un racista a la antigua. No quería ningún agente negro en el FBI. El presidente le pidió que lo hiciera, y lo hizo. Utilizó las mismas técnicas que con los comunistas: intervenir teléfonos, entrar ilegalmente en las casas y los poison pen letters. ¿Qué eran? Eran cartas anónimas enviadas a las mujeres, a las esposas de los líderes del KKK, donde preguntaban cosas como “me pregunto quién estará bajo las sábanas de tu marido esta noche”. Y en tres años, el Ku-Klux-Klan había sido destruido. Y fue Hoover quien lo hizo.

Es una historia de poder secreto, y cómo se puede usar y abusar. Fueron los presidentes los que le dieron ese poder, no consiguió autorización del Congreso a través de una ley. No se trataba de aplicar la ley, se trataba de espiar y del uso del poder secreto. Cada presidente quiere información secreta, porque es su fuente de poder. Hoover proporcionaba además de esa información secreta sobre enemigos, información sobre enemigos políticos. También chismes. ¿Qué senador se emborracha? ¿Qué congresista es homosexual?

E.C.- ¿Hubo algún tema en el que Hoover se mantuviese al margen?

Hubo dos cosas que Hoover nunca persiguió: la mafia y la corrupción política en el Congreso. Por dos razones. Temía que algunos de los senadores que le financiaban pudiesen ser corruptos. Si Hoover pedía dos millones de dólares, le daban dos millones doscientos mil, y le decían “¿tienes bastante?” Y él respondía: “podemos apañarnos con algo más”. Algunos senadores clave eran corruptos, y el presidente del comité aceptaba dinero de gente como el General Rafael Trujillo de la República Dominicana. Y por eso, Hoover no quería verse envuelto. Había temas tabú: después de morir Hoover, el FBI tardó veinte años, pero consiguió acabar con la Cosa Nostra. Ya no existe. Y también el FBI persiguió la corrupción política.

En las tres décadas que han pasado desde la muerte de Hoover, el FBI nunca ha tenido un líder claro hasta Mueller. Ha servido durante once años (ha sido el que más ha durado aparte de Hoover), y llegará hasta los doce años, por petición de Obama y del Congreso. Es un reconocimiento de que está haciendo las cosas bien.

E.C.- Falta un último factor en la ecuación que propone su libro, en el que se desmontan los métodos ilegales del FBI. ¿Por qué ha consentido la población americana con esta situación? ¿Miedo?

Si has visto la cita de Alexander Hamilton que abre el libro (“la seguridad frente al peligro externo es la más poderosa directriz de la conducta nacional”), lo dice tal cual. La frase tiene 225 años, es verdad hoy, y será verdad dentro de cien años, si aún somos una república libre. Esto ha funcionado siempre. El objetivo del terrorismo es aterrar a la población. Los anarquistas no tienen programa político, tampoco Al-Qaeda, pero los presidentes y políticos americanos también aterrorizan a la gente. Bush y Cheney lo hicieron muy bien, porque ellos mismos estaban aterrados de que ocurriese otro atentado. Ese terror se trasladó al pueblo americano. EE.UU. nunca había sufrido un ataque así, salvo Pearl Harbor, que de todas formas pillaba muy lejos, no era un Estado en sí mismo.

Si nos vuelven a atacar como ocurrió el 11 de Septiembre de 2001, puedes decirle adiós a la Constitución, a la Carta de Derechos y al futuro de la democracia estadounidense, salvo que el presidente y el director del FBI que, como dijeron los británicos en la Segunda Guerra Mundial, sean capaces de “calmarse y seguir adelante”. Bush no era muy bueno en esto, Dick Cheney tampoco, pero Mueller sí lo es.

¿Y Obama?

Ese es su estilo. “Que todo el mundo se tranquilice, yo me ocupo”. Es lo que ocurrió en el derrumbamiento económico de 2008. Bush salió pitando, y le dio el poder a Obama antes de que terminase. Dijo “ocúpate tú de esto”. ¡Es verdad! ¿Alguien ha visto a George Bush en los últimos cuatro años? Empiezo a pensar que hasta tiene sentido del ridículo. ¿Ha salido de su búnker de Waco? A Obama le encasquetaron una crisis económica y dos guerras. También las prisiones secretas y las torturas de Guantánamo. Todo ello el primer día, cuando dijo que acabaría con todo ello, pero el congreso no le deja. No porque sea keniata, musulmán, socialista o liberal. Él cree en la Constitución, y también el director del FBI. Una coincidencia poco frecuente. Tenemos suerte. Pero si nos vuelven a atacar, y tenemos un presidente diferente…

¿Como Romney?

Por ejemplo. Lo voy a decir de otra manera: no hay ninguna republica en la historia de la civilización que haya durado más de 300 años. El Imperio Romano duró más, pero no siempre fue libre. Nosotros tenemos 236 años, así que crucemos los dedos. ¿Existiremos como una república libre a los 300 años? Ójala sea así. Si nos atacan otra vez y el presidente no entiende la Constitución, como Bush, o hay alguien como Hoover en el FBI, no seremos una república libre nunca más. La Constitución es un documento muy resistente, ha aguantado mucho tiempo. Pero tenemos que tener un servicio de inteligencia, y al mismo tiempo, conseguir este equilibrio entre seguridad y la libertad. ¿Recuerdas a Benjamin Franklin? Era el hombre más brillante de los que redactaron la Constitución. Nunca quiso ser presidente. Cuando le preguntaron qué había salido de todas aquellas reuniones, él respondió “una república, siempre y cuando seamos capaces de conservarla”.

Anuncios